20 de noviembre de 2010

Diario de un ex fumador en potencia DOS

Metidas en la bolsa de viaje mudas, toalla, zapatillas, neceser, dos libros -uno de prosa y otro de verso- un cuaderno por si las notas y varios poemas de alumnos diversos por corregir parto, con buen ánimo y disposición menesterosa, como quien va a lo ineludible, a la Unidad de Sueño de La Fundación Jiménez Díaz. Allí voy a pasar la última de las pruebas pertinentes que mis sapientísimos doctores determinaron tras aquella primera de que dejase la absorción del humo emergente ya de cazoleta o lío o papelina humedecida.

Por no aburrir al personal no he descrito las diversas pruebas anteriores entre otras cosas porque parecen más dignas del diario del doctor Menguele que de otro parecer menos académico. Entre ellas destaco la media hora larga que cierta comprometida ATS anduvo buscándome la aorta entre los huesecillos de la muñeca con una curiosa aguja y tras haberme dedicado las dulces aunque no menos emotivas palabras "Esto le va a doler".

Entro pues a las 20:00 del miércoles 17 por la puerta grande del hospital. A pocos metros un sujeto calvo y vestido con americana verde que te quiero verde me indica que debo pasar previamente por ADMISIÓN, con el numerito 440. La sala no está muy llena y sólo hay cuatro por delante. Lo malo es que de los ocho puestos sólo uno está atendido por un muy diligente joven dispuesto a aclararle la más mínima duda a cualquier mosca que se presente vaya documentada o no. A las 20:20 llega mi turno. Entrego mi DNI y tarjeta sanitaria e ipso facto, tras introducir los datos en un ordenador, aparece una joven travestida también con el verde de marras chillón y verbenero que me pide que la acompañe.

Me dice que vamos a tomar un atajo por los interiores del castillo. Por el camino, y tras un ligero tercer grado a que me somete, me entero que a ella eso de la poesía le gusta también, que es natural de Icod de los Vinos, en Tenerife, que tiene un amigo en el Puerto de Santa Cruz (donde suelo pasar las vacaciones de invierno) que también es poeta y al que creo que conozco y así, sin darme casi cuenta nos metemos siete pisos entre pecho y espalda. A las 20:40 hago entrada triunfal en la Unidad del Sueño, donde se me asigna la habitación 9003, pulcra aunque monacal, y cuya única decoración es una lámina de Paul Klee inexpresiva.

- Póngase el pijama y espere - me dice un enfermero calvísimo y parco.

Le obedezco. Al rato viene en mi busca y deja sobre la mesa unas bandejas que ocultan lo que debe ser mi cena.

- Venga conmigo, ya cenará más tarde.

Me sienta en una silla de madera, me dice que estire la cabeza y mire al techo, aunque sin gafas, lo que para mi significa dejar literalmente de ver. Siento como muchas cosas frías y puntiagudas se van clavando en mi cabeza, y sobre esas cosas aplican como una pasta helada, escurridiza y pestilente. Me da por pensar - no sé porqué- que me están poniendo sanguijuelas de río. No es verdad. Al poco el señor calvísimo y parco se pone frente a mi y me clava diversos cablecitos a ambos lados de los ojos, en la frente, en la barbilla, en la nuez, en el pecho y en las piernas. Ya ha acabado. Son las 21:09. Me dice que puedo pasar a mi habitación y cenar. Paso. Como veo que no cierra la puerta le digo que si debo estar con ella abierta a lo que me contesta con sinceridad cartesiana.

- Me da lo mismo.

Cierro y ceno. Descubro las bandejas y veo mi menú: Sopa de estrellitas fría. Trucha a la plancha fría. Mini ensaladita fría. Pan, natillas y agua frías. Un sobrecito con aceite y otro con vinagre. Fríos también. Me cago mentalmente en frío del puto enfermero de mierda.

A las 21:45 llega un ATS nuevo. Más dicharachero que el anterior, pero no tanto como la conserje tinerfeña. Instala una serie de correajes en mi cuerpo. En dichos correajes sujeta diversa máquinas de variado peso y tamaño, a los que ajusta los millones de cables que me cuelgan por doquier. Cuando ha visto que ya no puedo moverme me insta a entrar en la cama, lo que hago por el sencillo método de dejarme caer hacia atrás. Tiene la decencia de cubrirme los pies. Me advierte:

- Si veo que ronca mucho vendré a la una y media a enchufarle a la máquina.

¡La máquina! ¡Dios bendito! Con el rabillo del ojo veo en la mesilla un aparatito verde (aquí todo es verde, como en Cuéntame) con un gran agujero central. ¿Será eso la máquina?

- Ahora duerma.

Y apaga la luz. Y se va cerrando la puerta. ¡Y quién cojones se duerme así! Instalado como un uesebé, rodeado de cables y pinchos, masas blandengues, y con la amenaza de la máquina desconocida...! ¡La casa de la bruja! ¡El tren del terror!

Pese a todo lo intento. Cuando estoy a punto de lograrlo escucho la lejana voz de una niña que llora pidiendo "no más, no más, no quiero más" y la voz de mi enfermero, inconfundible, entre zalamero e irónico " este es el último, monina, el último". Tal vez no haber dormido la siesta me impide no levantarme y llamar por el móvil a las Madres de Mayo o a Iker Casillas, da lo mismo. Una música extraña invade mi cerebro. El agotamiento me domina. Caigo cual ceporro.

Y de repente se hace la luz. Son las dos de la madrugada y el enfermero llega con una maleta negra de la que saca diversos arneses, cables y tubos.

- Ya le advertí.

Y sin compasión me los pone entre los restos de piel que salen de entre los cables, y luego me ajusta una especie de mascarilla nasal. Siento que por mi nariz entra a la fuerza aire a presión, un aire raro, con un olor frío.

- No se resista. Si lo hace será peor. Deje que el aire entre y salga por su boca. Dejará de roncar y dormirá mejor. Es solo acostumbrarse.

Y una mierda. A lo mejor tiene razón y es solo acostumbrarse. Pero antes quiten los cables al menos.

A las 06:30 de la madrugada vuelve a irrumpir el sádico ese, que me dice que si he dormido bien. Yo prefiero no contestarle y me hago el dormido. Por aquello de llevarnos bien. Me quita los tubos y se lleva la máquina. También me señala que debo permanecer despierto hasta nueva orden.

A las 8:00 aparece una nueva enfermera. Correcta aunque mucho más simpática en el tono. Me dice que estaré durmiendo pequeñas siestas de 20 minutos cada dos horas. A las 9:30, tras la primera, me dan un café y un bollo. Bien. Aprovecho para leerme el libro de poemas de de Takuboku, dejar finiquitada la novela que me ha dejado Elisa, corregir todos los poemas de Roberta y todos los ejercicios de los demás alumnos. A las 11:00. 13:00 y 15:00 me tumbo a dormir, aunque sólo lo consigo las dos primeras veces. A las 14:00 me han puesto una paella estupenda y calentita y un ragout de ternera absolutamente tan helado como el agua y la macedonia que lo acompañan. Entiendo que estamos en el séptimo piso.

Son las 16:00. Una enfermera gordita y dicharachera me recomienda usar un cepillo de púas en los próximos días hasta que se me caigan todos los pegotes de cola blanca que queden adheridos a mi piel, mientras me quita esparadrapos, cables, máquinas, electrodos, tiritas... ¡Yo qué sé! Me informa que su marido toca la guitarra eléctrica, lo que me parece estupendo. Me ducho, me visto, me dan el alta y me largo. Los resultados dentro de un mes. Alcanzo la calle por mis propios miedos, sin problemas. Llamo a Antonio Rómar y quedo con él para tomar un café.

A la altura de Moncloa siento un pinchacito en la cocorota. Me paso los dedos con cierta delicadeza y encuentro algo parecido a uno de los extremos de un palillo de dientes. Se me olvidaba decir que cuando un electrodo no da la señal, el ATS de turno te raspa la cabeza con uno hasta que la conexión vuelve a establecerse.

¿He dicho que se trata de la UNIDAD del SUEÑO? (sic) (sic) (sic)




2 comentarios:

Lola Mendoza dijo...

Querido Jesús,como me gusta leerte, eres estupendo, se que lo estaras pasado fastidiado, el hecho de entrar en un hospital y todo lo que allí ocurre nunca es agradable,pero tu buen humor y tu divertido modo de verlo todo hace que sea un placer leerte,consigues que sonría en estos días que tambien estoy en hospitales. Cuidaté mucho y ponte bien, le pregunto a Marisol por ti. Cuando presentes tu libro en Madrid dimelo, me encantaria que me firmaras mi ejemplar. Muchos besos.

Anónimo dijo...

Jajajaja.

"Me cago mentalmente en frío..."

Esta es la novela que deberías escribir, jesusazo.

D. T.