El otro día mi jefe me amonestó seriamente por ser un apasionado. Parece ser que mientras imparto clases de literatura y poesía me da por recitar textos en voz alta, elevar el tono, sentir e intentar por medio de la expresión oral compartir lo sensual, lo bello, el gozo de la palabra. Y también algunos cabreos literarios, algunas opiniones morales. Y que, oh musa, hasta me da por cantar (y no lo hago mal, que conste, que aprendí en el conservatorio). Instruír deleitando, que se dice. Pero parece ser que me paso tres pueblos, y algunos de mis compañeros profesores de aulas anexas han elevado sus quejas pues perturbo el buen impartir de sus materias, el clima calmo, sucinto, sincero, humilde, propicio y minimalista que en ellas se sostiene. De repente, mientras -valga el ejemplo- están aplicados a la explicación del binomio fantástico o del monólogo interior, resuena con el ímpetu de una caballería dispuesta a no dejar piedra sobre piedra sobre Bizancio una voz, mi voz, que declama “Fulgores arrogar, joven presiente” o, también en elevado tono versos de difícil entendimiento como “And death shall have no dominion”.Imagino los gestos de terror, el pánico adueñándose en los rostros, que previamente al suceso solazábanse en los dulces textos de un Chejov, en los melifluos encantos de un Medardo, en los correveidiles aterciopelados de un Borges. El pobre maestro corriendo, abanico en mano, a dar aire a una bella pero transmutada alumna o quizás sosteniendo su pecho en los prolegómenos de un infarto. Hecatombe, caos, tragedia. Hombres, mujeres, niños, corriendo hacia la calle al grito de “Sálvase quien pueda” y poco más tarde, la guardia pretoriana entrando a saco en mi aula, aherrojando mis brazos, arrastránsome a las galeras del rey, o como a Giordano Bruno, condenándome con una mordaza de clavos ad silentium camino del cadalso.
En “El club de los poetas muertos” el profesor Keating es expulsado del colegio por impregnar por medio de la pasión el amor a las artes. Es un outsider, es un bicho raro. Explica las lecciones de manera participativa, hace a sus alumnos subirse a las mesas, se olvida del manual, les obliga a expresar sus sentimientos. Anatema, anatema. Hay otros métodos, le dicen. Sí, contesta, pero no son los míos. Es igual, como se trata de un colegio privado y ultraderechista se pasan por la piedra la libertad de cátedra. Se pasan por la piedra la libertad, sin más. Imagino, más allá de la última secuencia, al pobre Keatin mendigando plaza de academia en academia, fregando platos en un restaurante del Bronx, y finalmente pegándose un tiro en un cuartucho de hotel tras haber recitado borracho fragmentos de “La tierra baldía”.
Algunos amigos, escritores o no, nos reunimos de vez en cuando y nos gusta recordar algunos sucesos comunes. Entre ellos a nuestros viejos profesores. Y siempre queda el buen recuerdo de uno o dos, no más, por persona (y eso que a uno por asignatura desde los 5 a los 25 años la suma es interesante). Y no recordamos con cariño a los más inteligentes, ni a los más educados, siquiera a los que nos dieron las mejores notas. Siempre recordamos a Don Andrés, que nos leía un poema o nos ponía en su cassette una canción, a Doña Carmen, que nos sacaba al parque a explicarnos filosofía, a Don Pedro, que después de clase se venía al bar a jugar con nosotros al mus.
Me temo que la pasión nunca tuvo buena prensa, salvo en los coliseos y en las batallas. Mis compañeros profesores son menos fogosos que yo. Por lo tanto uno a uno, o en comandita –cosa que mi jefe no me ha aclarado- han ido a su presencia a presentar la queja respectiva. Gente valiente sin duda o en todo caso hábil. Magníficos y en todo caso, buenos compañeros. ¡Qué sutil su elegancia!
Yo le he dicho a mi jefe que sí, que vale, que bueno. Que intentaré morijerarme. No andan los tiempos para ponerse revolucionario y hay que pagar hipotecas. No soy un valiente, tengo una página para llorar y nadie tiene el derecho de quitarme mis pataletas. Sólo eso. Lo siento amigos. A partir de hoy quizá explicaré declamación por signos, rítmica en braille y pronunciación por señales lumínicas o espejos. Y en lo que venga el buen tiempo, al parque del Oeste, que queda cerca.
6 comentarios:
Qué exagerado eres, mon amour, pero qué bien que escribes, ca ca capullo, eso, capullo de rosa roja.
Yo tampoco te creo. Pero me ha gustado leerte.
He sido alumna suya y debo decir: no subestime a la mímica que también le viene muy bien.
Espero que logre seguir apasionado sin amenazar las hipotecas.
¡mucha suerte!
Jaaaaaaaaaaaajajaja, yo me parto y me troncho...
Doy fe de que canta Vd. en clase -y muy requetebien, menudo vozarrón!- doy fe de la pasión y entusiasmo que pone en su trabajo (que ponéis en vuestro trabajo) y sobre todo... doy fe de lo bien que lo paso con estos dos pedazos de PROFESORES. Me encantan vuestras clases, me encantan, me encantan...(así hasta el infinito y más allá!)
Vaya, vaya con los cobardicas "amuermaos"!
Hará bien en templarse o "morijerarse" tan pasional docente, pero ¡por la memoria de Nebrija! hágalo con "g"... en la medida de lo posible.
Nos vemos en el parque del Oh Este.
Abrazos en morse.
Qué alegría reencontrar a Jesús Urzeloy mejor que nunca en estas páginas de internet.
Salud y Tiempo. Que te vaya muy muy bien.
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